Videla, Neuquén y Don Jaime

Jaiem

Jaime no tenía miedo. Su palabra, abrigada por Cristo, por su investidura clerical y su coraje de hombre de a caballo, desató fastidio en las oficinas militares. Por eso intervinieron el teléfono de la Catedral. Por eso dejaron correr la versión de un inminente allanamiento y tuvo que cargar todas las cartas de familiares de desaparecidos en una caja y esconderlas en una chacra de Plottier. “No lo saben todo, no hay que darles datos”, advirtió.

“Soy el obispo de Neuquén”, les decía a los soldados que paraban su estanciera en la ruta, camuflado con ese gorrito púrpura de los prelados. “Pase Monseñor”, le respondían ellos, siempre obedientes, siempre debidos.

No les tenía miedo.

*

En octubre de 1976, Jorge Rafael Videla visitó Neuquén por primera vez como presidente de facto. El terror había llegado unos meses antes, con los secuestros y la instalación de un centro clandestino de detención en el Batallón de Ingenieros de Construcciones 181. Lo llamaban la Escuelita. Allí “educaban” los militares con la castrense disciplina de la picana.

Por carta, algunos días antes del arribo, Jaime le pidió una audiencia como hacía con todos los representantes del gobierno dictatorial que llegaban a la zona. No pretendía que le besen el anillo, sino pedir por los desaparecidos.

También por carta, Videla le negó un encuentro con mucha formalidad . Escribió ofuscado por las críticas del obispo neuquino, que había denunciado la “opresión” del Ejército: “Las Fuerzas Armadas (…) están creando con absoluto desinterés las condiciones para un futuro de paz, libertad, justicia y progreso para todo el pueblo argentino”.

Ese octubre de 1976, el presidente de facto fue recibido y ofrendado por el intendente de facto César Gazzera -que hace poco posó cómodamente en fotos con otros jefes comunales de la democracia, ente ellos Horacio Quiroga- y por el gobernador también de facto, José Andrés Martínez Waldner. (Peripecias del destino: el hijo de Waldner, Julio Martínez, fue un testigo involuntario de la masacre de los curas palotinos en la parroquia de San Patricio, en Buenos Aires).

El encuentro que Jaime no pudo tener con Videla lo consiguió con su esposa, Alicia Hartridge. La mujer, en su vestimenta patricia, caminó el piso sin mosaicos de la Catedral neuquina para rezar a su Dios. El obispo la esperó impertérrito en la puerta y la cruzó cuando dejaba el templo.

-Señora, hay muchas madres que no saben dónde están sus hijos- indagó el prelado.

-Yo sé dónde están mis hijos- respondió la esposa del dictador

-Creí que hablaba con una madre- dijo Jaime, segundos antes del desplante a la mujer del hombre más poderoso y sanguinario del país.

*

Tres años más pasaron para que Videla vuelva a Neuquén. Lo hizo en 1979 -junto a buena parte de su gabinete- para el centenario de la Conquista del Desierto, fecha que los militares se afanaron en reivindicar acaso para buscar alguna raigambre histórica a la sistemática industria de la tortura y desaparición que habían montado.

La fanfarria militar estuvo a la orden del día. El desfile se extendió a lo largo de la Avenida Argentina, desde la municipalidad a la Plaza de las Banderas. Buena parte del arco político local recibió ceremonioso al dictador, incluido un joven Jorge Omar Sobisch. Se conmemoraban también los 75 años de la capitalidad neuquina, el símbolo de la civilización: una urbe ganada al desierto y al indio, la exaltación de la utopía sarmientina.

El obispo y los curas de la ciudad escribieron un duro documento donde pedían que se reconozca “la marginación del indígena”. Evaluaron no asistir a los actos centrales en franca protesta, pero terminaron yendo, convencidos de que había que combatir el silencio. El encargado de dar la oración fue Juan San Sebastián. El sacerdote pidió perdón “por habernos enfrentado los argentinos, utilizando la violencia anticristiana, el secuestro, la tortura, el odio, ignorando el mensaje de amor y de perdón; por haber marginado en estos cien años a los nativos de estas tierras”. Remató con un llamado para que “nunca más los argentinos derramen su sangre en enfrentamientos fraticidas”. Cada vez que algún funcionario de la dictadura preguntaba a Jaime quién había sido el curita que pronunció tal afrenta en la cara misma de Videla, Martínez de Hoz y Bussi entre otros, el obispo se reservaba el nombre y respondía: “Yo lo mandé a decir esa oración”.

No les tenía miedo. No se los tuvo nunca.

Fuentes:

Don Jaime de Nevares, del Barrio Norte a la Patagonia. Juan San Sebastián, (1997).

Neuquén, 100 años de historia. Gehiso UNCo Varios Autores (2004).

La masacre de San Patricio. Eduardo Kimel (1995).

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Luz y niebla (“bala perdida”)

Cuatro de la mañana. Pienso en escribir la crónica correcta o la que más se acerque a lo que sentí. No me decido. Capote, Bolaño, Eloy Martínez, Hunter Thompson. Todos muertos. Todos cagados de risa.

El aire bucólico de las ocho de la tarde. Álamos, meseta, concreto. Una fábrica sin humo pero con música. Si uno pudiera elevarse unos metros en altura, por algún extraño principio de la física, se sentiría capaz de caminar sobre ellos: 20 mil pibes uno al lado del otro, como una densa alfombra  de pelos, porro y choripán. Te cobijan. Te protegen del viento que amenaza con volarlo todo, hasta que uno se da cuenta que allí no hay nada que pueda levantar vuelo: en todo caso, todo lo susceptible de volar ya se encuentra en el aire.

A contraluz, parecen dos cabezas en una. Una mitad está casi rapada y enseña pequeños puntos capilares; un pico de pelo violeta emerge de la otra mitad, sostenido por mugre y algún fijador. La piba lleva un cartelito enganchado a la remera que dice “seguridad”. Se cruza con otra, a quien saluda distante. “¿Qué hacés con ese cartel, boluda?”, le pregunta. “Te estoy cuidando”, responde con sorna.

No hay policías, al menos de uniforme. Uno cree verlos, escondidos entre Ray bans de aviador y bigotes recortados. Están, seguro, para ejercer la violencia del Estado. Para evitar que el hombre sea el lobo del hombre. Pero ninguno leyó a Hobbes y nada de eso en realidad importa. En la práctica, la seguridad la hicimos entre todos: 20 mil tipos, ni un solo incidente. Que los ingenieros agrónomos se dediquen a la germinación del poroto.

Estado asambleario. Consignas. Compañeros. ¿Cuántas de las palabras pronunciadas habrán de colarse en las fibras de los pibes? Después de todo eso, ¿qué nos queda? Lo dijo Inés Ragni, llena de ternura, educando a la bestia que se movía impaciente abajo: fue un logro de los obreros de Zanon poder lavar los trapos sucios en casa. ¿Para qué hablar de política entonces? ¿Para qué sacar a relucir los matices? Que hable la fábrica recuperada. Que hablen los cientos de obreros que son dueños de su propio destino. Todo lo demás, incluyendo las banderas partidarias, es anécdota.

Todo menos Manu Chao. Tres acordes, ritmos monótonos, vos gangosa. Un festival de energía, una comunión inexplicable. Y los pibes saltaron y levantaron sus manos y se sintieron clandestinos. “Mi vida, bala perdida”. Miles de tiros al aire, almas que, como cañitas voladoras, le pusieron luz a la noche valletana. Una luz que uno quisiera encendida a las 8 de la mañana del lunes, cuando la espesa niebla del capital y las mercancías nos envuelvan de nuevo en su dominación confortable.

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El asesino es la sociedad (apuntes del policial nórdico)

Ystad, Suecia, década del `90. Aparecen dos hombres muertos en un bote salvavidas. Los hechos los ubicarán más tarde en Riga, Letonia, donde el inspector Kurt Wallander deberá desovillar una compleja trama de espionaje, paranoia y residuos del comunismo soviético.

Pero todo es una bonita excusa. Hening Mankell retoma lo más elemental del policial para hablar de otra cosa. Quiere mostrar cómo la opresión afecta a los vínculos de las personas. Quiere contarnos que Suecia, impoluta, inmaculada, aséptica, tiene sus raíces en estado de descomposición. A veces, ni el propio detective Wallander soporta el hedor.

Cuando bajaba del avión en Arlanda la semana anterior, se sintió vagamente triste, pero al mismo tiempo aliviado por no estar ya en un país donde en todo momento le vigilaban; tal era el sentimiento, que en un arrebato de espontaneidad quiso conversar con la controladora de pasaportes al introducir el suyo por debajo del cristal. «Me alegro de estar en casa», le dijo, pero ella se limitó a dirigirle una furtiva mirada de asco y le devolvió el pasaporte sin abrirlo siquiera.

«Esto es Suecia —pensó—. En la superficie todo es limpio y bonito, y nuestros aeropuertos están construidos para que la suciedad y las sombras no puedan adherirse a ningún sitio. Aquí todo es transparente, todo es como dice ser. Nuestra religión y nuestra mezquina esperanza nacional es el bienestar, un bienestar inscrito en la Constitución, que proclama al mundo que en Suecia es un crimen morir de hambre. Los suecos no hablamos con desconocidos si no es absolutamente imprescindible, porque lo desconocido puede hacernos daño, ensuciar nuestros rincones y apagar las luces de neón. Jamás construimos imperio alguno, por lo que nunca tuvimos que ver cómo sucumbía, pero nos convencimos de haber creado el mejor de los mundos, aunque fuera pequeño: nos habían confiado la vigilancia de la entrada al paraíso, y ahora que la fiesta se ha acabado, nos vengamos teniendo la policía de aduanas más antipática del mundo».

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Mikael Blomkvist se ve de improviso batallando contra los molinos. Su sobrenatural compañera de viaje, Liz Salander, se suma al combate. Otra vez el policial clásico: una desaparición misteriosa, pistas, deducciones, conclusiones, descubrimientos. Todo adobado insoportablemente con sándwichs y café, el único menú que parece haber elegido el best seller Stieg Larsson para sus personajes.

Larsson no es Mankell, pero otra vez aquí aparece una diáspora argumentativa: ya no nos interesa tanto el suspenso como la excentricidad de Liz Sallander, que oscila entre un sufrimiento neurótico y el sadismo. Sallander conmueve y nos asusta y aún así se convierte en heroína.

La verdadera puja de Blomkvist es con la verdad. Una verdad matizada, descuartizada y puesta en evidencia por el poder. El periodista deberá entrar en ese juego para hacer resurgir su revista y con ella su palabra, su discurso. El dinero ensuciará todo, incluso al propio Blomkvist, otro héroe deslucido y complejo.

Mientras la herencia de Larsson se convierte en un pedazo de carne tironeado por los perros, sus novelas de venden de a cientos de miles y extienden su brillo a la gran pantalla. La saga Millenium arranca con una estocada en su primer libro, “Los hombres que no amaban a las mujeres”, y se deshace en pequeños golpecitos en los siguientes dos tomos, bastante más pobres que su predecesor.

El policial es en Larsson una excusa para revelar otra vez esa Suecia del hedor. El crimen individual da paso al crimen social. El crimen se explica siempre en lo social, aún cuando se produzca en una paradisíaca isla de uno de los países con mayor Índice de Desarrollo Humano del mundo.

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Islandia. El detective Erlendur busca descubrir qué hay detrás de la aparición de un esqueleto en el fondo de un lago, atado a un transmisor ruso. Otra vez el comunismo: espionaje, policías secretas, presos políticos. Otra vez el desencanto.

Arnaldur Indridason, otro de los nuevos popes del policial nórdico, se detiene peligrosamente en la vida de su detective, a riesgo de teñir de melodrama su novela “El hombre del lago”. Pero la caracterización de Erlendur logra una eficacia asombrosa: todas sus obsesiones como policía responden de alguna manera a su pasado más profundo.

Islandia es un territorio imposible para el crimen pero no para las revelaciones. Cada paso de Erlendur es una olla destapada, esta vez de pasiones familiares, de relatos desgarradores, de pasados angustiantes. El crimen no lo cometen aquí los individuos sino la vida misma, fría, calculadora, implacable. La vida emula el paisaje de Islandia y torna a los individuos solitarios. El misterio en Indridason es revelar su esencia.

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A riesgo de tornarme repetitivo, otra vez voy a citar a Ricardo Piglia, maestro de las definiciones.

“El género policial convierte la incertidumbre de la motivación en un procedimiento narrativo”.

El hueso mismo del asunto: no hacen faltas detectives, ni siquiera crímenes; sólo alcanza con una razón que le es vedada al lector y que se le irá revelando de a poco. ¿Puede entonces el policial –un género agotado, bastardeado, ninguneado, succionado por el mercado editorial- convertirse en un ensayo sociológico de nuestros días?

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Un lugar llamado Notting Hill

Lo que más recuerdo es el olor. Mezcla de humedad, resina de alguna madera, libro viejo y fish and chips del local de al lado. Eso, y la tristeza. Que no es un recuerdo sino una sensación. El vacío de las bibliotecas ocupó espacio en algún rincón de mi cuerpo. Dicho por oposición: un vacío de lo que pudo ser y no fue; un vacío de todos los libros que pude haber comprado, tocado u hojeado y que ahora no estaban más. El cruel signo de que allí hubo algo y ahora no queda nada.

Eso fue para mí The Travel Bookshop, la más famosa librería de Notting Hill. Su género son los viajes y por estos días está llevando a cabo el último: su dueño –radicado en Francia- decidió cerrar sus puertas porque los hijos no quieren saber nada con la empresa. Después de todo ¿qué tiene de atractiva una librería conocida mundialmente gracias a una película, con una extraña mezcla de hippies, damas bien y contingentes de coreanos con cámaras de fotos? ¿Cuántos libros de editoriales extrañas, en idiomas extraños, tendrán que vender para comprarse un flat en Spitafields? Una librería de barrio ya no es negocio, ni siquiera en el pintoresco y afamado mundo de Notting Hill.

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Portobello Road, una serpenteante callejuela de Notting Hill, aún encierra cierta cosa bohemia. Llena de mercados de antigüedades, uno puede encontrarse con todos los chirimbolos british que se le ocurran. Esta vez no fue la película de Julia Roberts la que llevó este mercado a una popularidad insoportable, sino las agencias de turismo. Y con las hordas de turistas llegaron las tiendas de porquerías para turistas: gorritos, imanes, postales, llaveros. También brújulas, astrolabios y globos terráqueos que simulan ser viejos, pero llevan pocos días de vida desde que salieron de una oscura fábrica en Hong Kong.

Llueve torrencialmente. Una cortina de agua cae de las lonas de los negocios. Uno se siente en un túnel, caminando entre trastos viejos, cuidando de no tirar pequeñas teteras de cerámica apiladas de a decenas en canastos de mimbre.  Dos españoles sacan todos los llaveros de un escaparate y discuten en voz alta. “Llevo este. No este. Ese no. Ese no tiene la banderita de Inglaterra. Pero dice Londres. Pero no tiene el Big Ben. Pero es más lindo”. Se los llevan todos. Una coreana que apenas habla inglés sonríe, mientras abre una caja y vuelve a llenar el escaparate. El ciclo de la mercancía.

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Pero por esos días no había en Notting Hill ninguna otra preocupación que el carnaval. Sí, un carnaval en Londres. Es herencia de los habitantes de las viejas colonias británicas como Trinidad y Tobago. Comenzó como una verdadera manifestación popular, rechazada por los londinenses. Los medios la veían como un elemento extraño. Llegaron a quejarse –muchos aún lo hacen- de las consecuencias que el carnaval traía en el tráfico. Vagó por toda la ciudad hasta afincarse en Notting Hill, de la mano de los “trinis” inmigrantes. Ahora, como todo, es regenteado por una empresa privada. Aún así, no cae nada bien a los habitantes del barrio. Muchos deciden viajar ese fin de semana largo de agosto. Simplemente cierran sus casas y se van. Pero este año todo fue más complicado: las violentas manifestaciones en Londres –de las que hablaremos en algún momento- llenaron de temor a sus habitantes, que tapiaron puertas e incluso mudaron sus pertenencias por temor a saqueos. Los diarios sensacionalistas como el Sun advertían sobre posibles manifestaciones encubiertas dentro de los carnavales. Por las dudas, se destinaron 16.000 policías a la custodia del lugar y los festejos terminaron más temprano. Hubo “sólo” 245 arrestos. Esta versión de Londres, claro está, no puede verse en la película de Julia Roberts y Hugh Grant.

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Kafka, Praga y las dudas

Un pasillo corto y asfixiante en forma de L. A sus costados, decenas de ficheros negros reflejan la escasa luz que proviene de pequeñas lámparas en el techo. Cada cajón de metal tiene un nombre. Gregor Samsa, Joseph K, o K, a secas. Algunos de ellos están abiertos. Dentro pueden verse manuscritos: las F, las T, y las J poseen un trazo fuerte, que casi daña el papel. El resto de los ficheros permanecen cerrados y uno intuye que jamás podrá abrirlos. Por eso ni lo intenta.

Kafka es, quizás, el escritor que más cajones cerrados dejó después de su muerte. Así lo refleja el museo que se armó en Praga para recordar su vida en esa ciudad, que termina dejando más dudas que certezas.

Sorprende en el recorrido la influencia que ejerció el judaísmo ortodoxo en el escritor checo. No sólo como una mirada del mundo, sino en su forma de relacionarse: los judíos no eran bien vistos en Bohemia, y durante años vivieron recluidos en un barrio amurallado. El idioma también fue un problema para un escritor checo que hablaba y escribía en alemán.

También es reveladora la experiencia de Kafka como burócrata del imperio austrohúngaro. Consagrado a la rama de los seguros, se dedicó años a los menesteres más vacuos y ceremoniales de los Hausburgo. Todo aquello que en su obra se manifestaría como agobiante lo tuvo como protagonista en la vida real. De allí salieron sus personajes más sufrientes, aquellos que toleran con una pasividad desesperante los crueles sacudones del destino.

Pero de todo lo que puede observarse en el museo, la ya célebre carta al padre es el elemento más significativo. Su publicación empuja al lector al psicoanálisis; es imposible no encontrar en los intersticios de ese largo reproche las explicaciones de lo que Kafka sería después. Su padre, odiado, amado, admirado. Un padre que jamás le dio importancia a la obra de su hijo. Un padre al que le reprocha todo, pero al que le dedicaría Confesiones de un Médico Rural. Con tierna expectativa, en otra demostración de su ser atormentado, le escribió a Max Brod, su albacea traidor, que esperaba que esa dedicatoria los acercara. Eso jamás ocurrió.

En Kafka todo es tormento, pero también duda. La efectividad de sus relatos se monta en lo no dicho, en lo no explicado, en una lógica ausente. Gregor Samsa se convierte en insecto, pero jamás se preguntará por qué. La tensión del libro pasa por su adaptación al mundo. Al escritor checo le importa más lo que Gregor genera en los demás que lo que su súbita transformación generará en sí mismo.

Jamás sabremos por qué se enjuicia a Joseph K. Y él pasará sus últimos días vagando por pasillos, sometido a un proceso del que sabe poco, pero que aceptará con una angustiante resignación. En El Castillo, asistimos al fracaso anunciado de K en una misión en apariencia intrascendente, pero en la que se juega la vida. Sus 500 páginas son un discurrir de frustraciones y dejan abiertas decenas de interpretaciones sobre la lucha del hombre contra la opresión.

Pisar la Praga de Kafka es abrir la puerta a decenas de preguntas. La ciudad que lo acogió, la que lo asfixió, la que le dio calor y frío, bienestar y hambre. Todo en Kafka es un gran enigma que nos atormenta y vivirlo nos acerca a nuestra naturaleza de humanos. Este fragmento extraordinario de sus cartas a Milena que Ricardo Piglia rescata en El último lector posiblemente sea una muestra de ello.

 “Una vez, cuando era muy pequeño, había conseguido una moneda de diez centavos y tenía muchos deseos de dársela a una mendiga que solía apostarse entre las dos plazas. Ahora bien, me parecía una cantidad inmensa de dinero, una suma que probablemente ningún mendigo había recibido jamás, y por lo tanto me avergonzaba hacer algo tan extravagante ante la mendiga. Pero de todos modos tenía que darle el dinero: cambié la moneda, le di un centavo a la vieja, y luego di la vuelta entera a la manzana de la Municipalidad y de la arcada, volví a aparecer como un nuevo benefactor por la izquierda, volví a darle un centavo a la mendiga, me eché nuevamente a correr y repetí diez veces la maniobra. (O tal vez menos, porque creo que en cierto momento la mendiga perdió la paciencia y desapareció.)”

Concluye el escritor argentino: “Como siempre en Kafka, todo se ha desplazado: la generosidad es una exigencia, no se puede evitar, hay que tratar de ocultarla pero es inútil”.

Kafka de murió de inanición, en 1924, producto de su avanzada tuberculosis. Alimentado sólo con líquidos, víctima de horribles espasmos, escribió el maravilloso relato Un artista del hambre. El personaje, un “ayunador profesional” de circo, se muere sin penas ni gloria en el olvido. Así prefiguró Kafka su muerte. No podía ser de otra manera.

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La llegada

Escribo esto desde la bronca. Se desdibujan aquí las líneas que separan al hombre más instintivo del periodista. Me niego a creer que lo que sigue a continuación sea una muestra de nuestro país. Quiero creer en el azar, quiero creer en todo lo que le falta crecer a Argentina, quiero creer que vamos bien, aunque podríamos ir mejor. Me cuesta.

Hace 20 días emprendí un viaje con Luisina, mi compañera, hacia Europa. El ahorro de dos años, el cual no nos servía ni para pagar un 5% de la casa que no tenemos, decidimos volcarlo a nuestra pasión, que es conocer otros lugares. Siempre recordamos una frase que nos dijeron en Cuba: como los cubanos no pueden comprar propiedades o autos porque son del Estado, suelen decir que el poco dinero que ganan con el turismo se lo “echan encima”. La ola consumista hace lo mismo con los argentinos, que van detrás de los LCD, o los autos cero kilómetro. Nosotros, con suerte y trabajo, elegimos viajar.

El viaje, que fue increíble, lo contaré más adelante a través de distintos post. Treinta mil kilómetros después uno no es el mismo, no puede ser el mismo. Un viaje es la lectura de un gran libro, de esos que nos cambian la vida. Y en eso pensaba cuando llegue a Buenos Aires, feliz y cansado. De Ezeiza fuimos a Retiro y de allí pretendíamos ir a La Plata. Abordamos en colectivo 189 de la línea Costera Metropolitana, en el andén 1 de la estación. Subieron nuestras dos valijas al baulero. El micro salió de la estación y a los 400 metros paró. El chofer, de apellido Leiva, pidió a los que teníamos bolsos que bajáramos. Lo hice, y observé, con una mezcla de incredulidad y angustia, que una de nuestras valijas no estaba. “Nos abrieron el baulero los pibes de la villa 31, seguro se la llevaron”, me dijo el chofer. Atiné a salir corriendo a ver si veía algo. No podía creer que se robaran en fracción de minutos una valija de 25 kilos. Todos me advirtieron que no entrara a la villa, que estaba loco. Pregunté si alguien había visto algo. Nada. Detrás mío corría Luisina, angustiada. El resto de nuestros bolsos quedaron en el colectivo. Cuando ambos nos dimos cuenta que ya no había nada para hacer, volvimos a la terminal para recoger el resto de nuestro equipaje. El colectivero nos había dicho que iba a volver pero jamás apareció. En la boletería de la empresa nos trataron muy mal. Recién un chofer, cuyo nombre no recuerdo pero que fue muy amable, llamó por teléfono y nos avisó que nuestros bolsos habían sido apartados y que los llevarían a La Plata. “Esto pasa todo el tiempo, pero nadie hace nada”, dijo, resignado y afligido. Un Policía, al que en la desesperación pregunté qué podía hacer –ahora me doy cuenta que inútilmente- me dijo que si habían entrado a la villa era imposible recuperar algo.

Volvimos a la Plata y por suerte nos encontramos con el resto del equipaje. Ahora arranca la batalla para que la empresa reconozca algo, porque el bolso se lo robaron de arriba del colectivo, en una baulera que debería haber estado cerrada. No me importa el contenido de la valija, sólo ropa y algunos regalos, aunque algunos de mucho valor afectivo. Pero sentí la angustia que genera la impotencia.  Jamás pedí mano dura. No lo haré ahora. A la delincuencia se la combate con justicia social, con igualdad de oportunidades. Sí pido control, que no es persecución. Ni a mí ni a nadie nos sirve una policía que salga a romper cabezas. Pero sí una fuerza que trabaje en la prevención: miles de pasajeros pasan por allí diariamente y deberían poder sentir que están cuidados.

No me consta que alguien se haya robado la valija porque jamás lo vi. Si es así, ojalá los mangos que saquen por su contenido no se vayan en paco. Ojalá alguna vez exista un Estado –va para el nacional y el porteño- que genere oportunidades para sacar a los pibes de la villa 31 de la exclusión.

La otra historia de esta resignación la viví cuando llegué a La Plata. Obviamente fui a la oficina de Costera, donde no había encargado. Me dijeron que tenía que hablar con el gerente Marcelo Francescutti, recién el lunes. Les expliqué que no podía quedarme en la ciudad hasta el lunes, que tenía que volver a Neuquén a trabajar. Me respondieron que dirija una carta con copia de la denuncia policial. Ninguno de los dos queríamos gastar más energía en eso. Decidimos irnos para hacer la denuncia. Llovía. Fuimos a la Comisaría 1º de La Plata y no había personal para tomar la denuncia. Luego fuimos a la 9º, la del triste antecedente de la desaparición de Miguel Bru. Allí nos atendió una señora que nos dijo que no sabía si nos iban a poder tomar esa denuncia, que esperemos. Y esperamos. Un goteo incesante caía de un agujero en el techo y regaba un ficus, el único ser vivo además de los policías en ese lugar. Un enorme letrero de prohibido fumar colgaba inútilmente detrás del mostrador. Todos fumaban. Una decena de personas aguardaba para visitar a sus familiares detenidos en el calabozo de la comisaría. Muchos de ellos esperarán por meses allí, hasta tener una condena efectiva. Finalmente alguien nos atendió y nos tomó la denuncia. Me veo tentado a hablar bien de este oficial, de apellido Novoa, pero me obligo a pensar que sólo hizo su trabajo. El resto vendrá después, cuando tenga que pelearme con Costera Metropolitana para que me reconozcan algo de los se robaron de arriba de su colectivo. El mal trago no se paga con nada.

“Bienvenido al país”, me dijo alguien cuando conté lo que me había pasado. Me resigno, aunque me cueste, a creer que este sea mi país.

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Jugando a la toma

Soplaba un viento terrible. Pese a que era mediodía llevábamos prendidas las luces del auto, porque la tierra había convertido el oeste neuquino en una versión vernácula de Kandahar. Me acuerdo que volvíamos de cubrir el crimen del repartidor Jadra, en el barrio Almafuerte. Regresábamos al centro por calle Novella cuando los ví. Eran dos. Entraban y salían de un pequeño refugio que se habían armado con chapas y palos entre dos árboles, en el medio del bulevar. No tenían más de 10 años. El chofer frenó en una gomería para preguntar una dirección y yo, a los gritos y con un aire de complicidad ficticia, les dije algo así como “qué buena casa que se armaron”. “Estamos jugando a la toma”, me respondió uno, en un tono que cuestionaba cómo no me había dado cuenta de eso, algo tan evidente, algo tan natural. Sentí vergüenza. Subí la ventanilla y nos fuimos.

No se me ocurrió hacer una nota. Mi parte racional le ganó al periodista impulsivo: era necesario pasar el bocado, interpretar qué había detrás de esa escena de realismo trágico. Tiempo después pasé por el lugar y la “toma” no estaba. Me quedé con ganas de contar esa historia y hoy la cuento así, breve, sin mayor análisis, para que asistamos otro costado de las ocupaciones de tierra en Neuquén.

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