Luz y niebla (“bala perdida”)

Cuatro de la mañana. Pienso en escribir la crónica correcta o la que más se acerque a lo que sentí. No me decido. Capote, Bolaño, Eloy Martínez, Hunter Thompson. Todos muertos. Todos cagados de risa.

El aire bucólico de las ocho de la tarde. Álamos, meseta, concreto. Una fábrica sin humo pero con música. Si uno pudiera elevarse unos metros en altura, por algún extraño principio de la física, se sentiría capaz de caminar sobre ellos: 20 mil pibes uno al lado del otro, como una densa alfombra  de pelos, porro y choripán. Te cobijan. Te protegen del viento que amenaza con volarlo todo, hasta que uno se da cuenta que allí no hay nada que pueda levantar vuelo: en todo caso, todo lo susceptible de volar ya se encuentra en el aire.

A contraluz, parecen dos cabezas en una. Una mitad está casi rapada y enseña pequeños puntos capilares; un pico de pelo violeta emerge de la otra mitad, sostenido por mugre y algún fijador. La piba lleva un cartelito enganchado a la remera que dice “seguridad”. Se cruza con otra, a quien saluda distante. “¿Qué hacés con ese cartel, boluda?”, le pregunta. “Te estoy cuidando”, responde con sorna.

No hay policías, al menos de uniforme. Uno cree verlos, escondidos entre Ray bans de aviador y bigotes recortados. Están, seguro, para ejercer la violencia del Estado. Para evitar que el hombre sea el lobo del hombre. Pero ninguno leyó a Hobbes y nada de eso en realidad importa. En la práctica, la seguridad la hicimos entre todos: 20 mil tipos, ni un solo incidente. Que los ingenieros agrónomos se dediquen a la germinación del poroto.

Estado asambleario. Consignas. Compañeros. ¿Cuántas de las palabras pronunciadas habrán de colarse en las fibras de los pibes? Después de todo eso, ¿qué nos queda? Lo dijo Inés Ragni, llena de ternura, educando a la bestia que se movía impaciente abajo: fue un logro de los obreros de Zanon poder lavar los trapos sucios en casa. ¿Para qué hablar de política entonces? ¿Para qué sacar a relucir los matices? Que hable la fábrica recuperada. Que hablen los cientos de obreros que son dueños de su propio destino. Todo lo demás, incluyendo las banderas partidarias, es anécdota.

Todo menos Manu Chao. Tres acordes, ritmos monótonos, vos gangosa. Un festival de energía, una comunión inexplicable. Y los pibes saltaron y levantaron sus manos y se sintieron clandestinos. “Mi vida, bala perdida”. Miles de tiros al aire, almas que, como cañitas voladoras, le pusieron luz a la noche valletana. Una luz que uno quisiera encendida a las 8 de la mañana del lunes, cuando la espesa niebla del capital y las mercancías nos envuelvan de nuevo en su dominación confortable.

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Acerca de otrosur

Periodista en tierras patagónicas. Objeto del otro sur.
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Una respuesta a Luz y niebla (“bala perdida”)

  1. Buena redacción con un estilo particular, así como el vocabulario pero con sentimiento… “obreros que son dueños de su propio destino”

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