Videla, Neuquén y Don Jaime

Jaiem

Jaime no tenía miedo. Su palabra, abrigada por Cristo, por su investidura clerical y su coraje de hombre de a caballo, desató fastidio en las oficinas militares. Por eso intervinieron el teléfono de la Catedral. Por eso dejaron correr la versión de un inminente allanamiento y tuvo que cargar todas las cartas de familiares de desaparecidos en una caja y esconderlas en una chacra de Plottier. “No lo saben todo, no hay que darles datos”, advirtió.

“Soy el obispo de Neuquén”, les decía a los soldados que paraban su estanciera en la ruta, camuflado con ese gorrito púrpura de los prelados. “Pase Monseñor”, le respondían ellos, siempre obedientes, siempre debidos.

No les tenía miedo.

*

En octubre de 1976, Jorge Rafael Videla visitó Neuquén por primera vez como presidente de facto. El terror había llegado unos meses antes, con los secuestros y la instalación de un centro clandestino de detención en el Batallón de Ingenieros de Construcciones 181. Lo llamaban la Escuelita. Allí “educaban” los militares con la castrense disciplina de la picana.

Por carta, algunos días antes del arribo, Jaime le pidió una audiencia como hacía con todos los representantes del gobierno dictatorial que llegaban a la zona. No pretendía que le besen el anillo, sino pedir por los desaparecidos.

También por carta, Videla le negó un encuentro con mucha formalidad . Escribió ofuscado por las críticas del obispo neuquino, que había denunciado la “opresión” del Ejército: “Las Fuerzas Armadas (…) están creando con absoluto desinterés las condiciones para un futuro de paz, libertad, justicia y progreso para todo el pueblo argentino”.

Ese octubre de 1976, el presidente de facto fue recibido y ofrendado por el intendente de facto César Gazzera -que hace poco posó cómodamente en fotos con otros jefes comunales de la democracia, ente ellos Horacio Quiroga- y por el gobernador también de facto, José Andrés Martínez Waldner. (Peripecias del destino: el hijo de Waldner, Julio Martínez, fue un testigo involuntario de la masacre de los curas palotinos en la parroquia de San Patricio, en Buenos Aires).

El encuentro que Jaime no pudo tener con Videla lo consiguió con su esposa, Alicia Hartridge. La mujer, en su vestimenta patricia, caminó el piso sin mosaicos de la Catedral neuquina para rezar a su Dios. El obispo la esperó impertérrito en la puerta y la cruzó cuando dejaba el templo.

-Señora, hay muchas madres que no saben dónde están sus hijos- indagó el prelado.

-Yo sé dónde están mis hijos- respondió la esposa del dictador

-Creí que hablaba con una madre- dijo Jaime, segundos antes del desplante a la mujer del hombre más poderoso y sanguinario del país.

*

Tres años más pasaron para que Videla vuelva a Neuquén. Lo hizo en 1979 -junto a buena parte de su gabinete- para el centenario de la Conquista del Desierto, fecha que los militares se afanaron en reivindicar acaso para buscar alguna raigambre histórica a la sistemática industria de la tortura y desaparición que habían montado.

La fanfarria militar estuvo a la orden del día. El desfile se extendió a lo largo de la Avenida Argentina, desde la municipalidad a la Plaza de las Banderas. Buena parte del arco político local recibió ceremonioso al dictador, incluido un joven Jorge Omar Sobisch. Se conmemoraban también los 75 años de la capitalidad neuquina, el símbolo de la civilización: una urbe ganada al desierto y al indio, la exaltación de la utopía sarmientina.

El obispo y los curas de la ciudad escribieron un duro documento donde pedían que se reconozca “la marginación del indígena”. Evaluaron no asistir a los actos centrales en franca protesta, pero terminaron yendo, convencidos de que había que combatir el silencio. El encargado de dar la oración fue Juan San Sebastián. El sacerdote pidió perdón “por habernos enfrentado los argentinos, utilizando la violencia anticristiana, el secuestro, la tortura, el odio, ignorando el mensaje de amor y de perdón; por haber marginado en estos cien años a los nativos de estas tierras”. Remató con un llamado para que “nunca más los argentinos derramen su sangre en enfrentamientos fraticidas”. Cada vez que algún funcionario de la dictadura preguntaba a Jaime quién había sido el curita que pronunció tal afrenta en la cara misma de Videla, Martínez de Hoz y Bussi entre otros, el obispo se reservaba el nombre y respondía: “Yo lo mandé a decir esa oración”.

No les tenía miedo. No se los tuvo nunca.

Fuentes:

Don Jaime de Nevares, del Barrio Norte a la Patagonia. Juan San Sebastián, (1997).

Neuquén, 100 años de historia. Gehiso UNCo Varios Autores (2004).

La masacre de San Patricio. Eduardo Kimel (1995).

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Acerca de otrosur

Periodista en tierras patagónicas. Objeto del otro sur.
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Una respuesta a Videla, Neuquén y Don Jaime

  1. Pablo dijo:

    Muy bueno Roberto, memoria, precisión, lectura entre líneas, una prosa ágil, amenaza, denunciante…
    Pablo Montanaro

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